| Columna escrita por Daniel Cavanzo |
Existen grandes obras, “obras maestras”, cúlmenes, en las cuales sus autores plasman no solo una historia muy bien diseñada, y bien contada, sino que también dejan claramente plasmada su filosofía de vida y hasta su legado; una de estas obras sin lugar a dudas es la de Los Miserables del escritor francés Víctor Hugo, y sin ánimos de hacer aquí una reseña sobre dicha obra resumiré muy sucintamente parte de su argumento: en la novela, Jean Valjean un hombre pobre termina, por desesperación, convirtiéndose en delincuente, es apresado y purga una condena de 19 años como esclavo, al final de su condena es liberado… pero lejos de encontrarse con una reintegración a la sociedad, es relegado debido a su antecedente criminal, viéndose por ello forzado a delinquir nuevamente. Así transcurre una parte importante y un argumento capital de dicha obra, obra que muestra grandes reflexiones sobre la justicia, el perdón y la moral humana.
Estas reflexiones de Víctor Hugo sobre el sistema penal en
la Francia del siglo XIX han permeado desde otras fuentes al sistema penal
contemporáneo; hoy no se busca aislar a las personas de la sociedad, sino más
bien se procura su reincorporación después de un proceso de redención,
resocialización y hasta podría decirse “rehabilitación”. Con respecto a la
necesidad que tiene el hombre de redirigir su vida hacia nuevos horizontes me
viene a la mente una regla fundamental de la estrategia militar clásica y es
que cuando se es muy superior en número a un adversario en el campo de batalla,
se debe evitar la tentación de rodearlo completamente y atacar, pues los
hombres arrinconados, desesperados y aterrados son peligrosos, lo que es más
apropiado en dicha situación es atacarles, pero dejando siempre un espacio para
que, llegado el momento en que la moral del adversario caiga, este tenga
abierto el camino para huir sin luchar más, y sobre todo, sin causar más bajas.
Pasa lo mismo con el delito, veía hace mucho tiempo un
documental sobre las prisiones de Estados Unidos, los psiquiatras de dichas
prisiones habían notado que aquellos presos que tenían penas muy severas, como
la pena de muerte o la cadena perpetua, terminaban por adoptar un rol muy
temerario al interior del penal, convirtiéndose en los sicarios en las guerras
internas, pues “ya no tenían nada que perder”; y ante la pregunta ¿qué tiene
por perder un prisionero que delinque en una cárcel? Una sicóloga de la cárcel
de máxima seguridad de Cómbita, durante una charla que recibí en mi formación como
sicólogo de la Uptc decía que es necesario saber que en las prisiones los
delitos que se cometen son igualmente penalizados y es mucho más fácil tener
evidencia del delito en ese contexto penitenciario, pues es un lugar cerrado y
con mucha vigilancia; y si alguno tiene la idea de que a violadores como Rafael
Uribe Noguera los van a violar, torturar y asesinar, pues están equivocados;
prácticamente ningún preso haría algo así, porque eso le representaría un
importante aumento de su condena, y como ya les he ilustrado, el cumplimiento
de la pena sería en este caso la ruta de escape para los reos. Lo que sí que
hacen los demás presos con este tipo de delincuentes es acosarlos, amenazarlos,
aislarlos, de modo que queden bastante afectados sicológicamente, pero eso es
tema para otro espacio, y se debe abordar con el apoyo de alguno de estos
sicólogos forenses a los que he tenido el gusto de conocer.
Hace poco, los colombianos veíamos cómo se dictaba una
sentencia condenatoria de 51 años y 10 meses de prisión, sin rebajas, y
probablemente durante mucho tiempo en aislamiento, contra el perpetrador de uno
de los delitos más aberrantes que ha visto el país y que comprensiblemente
llegó a conmover a toda Colombia, Rafael Uribe Noguera pasaría medio siglo en
prisión si no se le dan los beneficios de salidas, que están contemplados
dentro de los planes de reinserción en la sociedad. Pero a pesar de esta
condena ejemplar, buena parte de la opinión pública salió pidiendo más, pedía
la pena máxima de 60 años de cárcel; pero la verdad es que jamás se iban a
conformar, si se le hubieran dado 60 años hubieran dicho que lo justo era
cadena perpetua, si se le daba cadena perpetua, en un hipotético caso, habrían
pedido la pena capital y si se le hubiera dado la pena de muerte habrían pedido
que se le torturara, nada en definitiva termina de complacer a la venganza, y más
si se sabe que algún día, si le alcanza la vida, quedará libre y con su deuda
con la sociedad “indiscutiblemente saldada”. Es algo que suena injusto, y puede
que así sea, pero la verdad es que la justicia de un Estado de Derecho sólo
puede funcionar con un elemento sumamente complejo, que es el perdón y por qué
no, la reconciliación.
Ya para este punto les sorprenderá saber que yo he estado en
contra de las negociaciones entre el Gobierno Santos y el grupo terrorista de
las FARC, y se sorprenderán más aún si les digo que una de las cosas en las que
estoy más en desacuerdo es precisamente la falta de “penas efectivas” para los
responsables de crímenes atroces. La verdad es que no estoy escribiendo para
defender a ningún criminal, ni para pedir que sean indultados, como se ha
sugerido últimamente a causa de la visita del Santo Padre Francisco; o que
paguen menos tiempo en la cárcel. Si el perdón es necesario para que se cierre
un trágico capítulo como estos, la prisión no es también un requisito
indispensable e igual de fundamental para que exista justicia, y hablo de
prisión de verdad, no importa si es en colonias agrícolas, pero que sea
ejercida y vigilada por el INPEC que es, en Colombia, la institución con la
legitimidad suficiente para hace cumplir una pena privativa de la libertad.
No quiero tampoco venir a juzgar a los presidiarios del
país, y será muy difícil comprender mi punto de vista en este tema si no han
recibido, como yo, una formación profesional en alguna disciplina que tenga la misión
de lograr que personas que han actuado mal tengan una segunda oportunidad;
trabajadores sociales, abogados, sacerdotes, periodistas, sicólogos y algunos
otros profesionales tenemos el deber de evitar sumarnos al rechazo y la
discriminación de la sociedad a los delincuentes condenados y hablar con ellos,
saber las causas de sus actos y buscar evitar su repetición, evitando
igualmente llegar a justificarlos. Yo personalmente tuve la fortuna de entrar a
la Cárcel de Máxima Seguridad de Cómbita, como estudiante de sicología de la
Uptc, claro, y allí entrevisté a un sicario de Los Rastrojos que según los
rumores que escuché había asesinado a unas 38 persona, la verdad no pude
comprobar los rumores y tampoco quería hacerlo realmente, pero lo que sí me
quedó claro fue su fuerte afectación emocional, su arrepentimiento perpetuo y
su percepción de que él mismo había arruinado su vida y la de muchas personas,
padecía una grave depresión y no puedo evitar pensar al recodar a aquel hombre,
que probablemente para esta fecha haya intentado suicidarse o que incluso lo
haya logrado.
Es sin lugar a duda una experiencia extraña, y hasta
chocante el sentarse a entrevistar a un hombre que ha causado tanto daño a
nuestra sociedad, evitar juzgarlo y tratar de comprender cuáles fueron sus
motivos. Una de las cosas que me llamó la atención fue ver cómo mientras
delinquía tenía una percepción alterada de sus actos, no tenía arrepentimiento
y no dimensionaba todo el daño que hacía; las reflexiones al respecto le
vinieron ya en prisión, y en compañía de los profesionales que buscan que los
centros penitenciarios se conviertan en una oportunidad y no en el fin de la
vida de quienes purgan sus penas allí. Una aclaración es válida, todo lo
planteado parece no surtir un efecto real en los tan afamados sicópatas, pero
lejos de lo que es la creencia popular, no todos los delincuentes son
sicópatas, y aunque es bien claro que estos últimos son unos de los criminales
más despiadados, no se puede en nuestro sistema darles un trato más rígido más
allá de las consideraciones que el sistema tiene para todos en general de
acuerdo a la gravedad de los actos, pues se violaría el principio de igualdad,
esencial de una república.
Un gran dilema queda abierto, Rafael Uribe Noguera es,
seguramente, un sicópata, y otro famoso criminal como lo es John Jairo
Velásquez Vásquez alias Popeye, quien aparece en el título de esta columna es,
según algunos expertos también un sicópata, pero fueron a la cárcel, y en el
caso de Popeye ya ha “pagado su deuda”. En Los Miserables Jean Valjean fue
perseguido sin misericordia por Javert, se le negó la posibilidad de rehacer su
vida en la legalidad y se vio forzado por dicha presión a volver a la
delincuencia, y aunque esta historia fue publicada hace ya más de un siglo y se
desarrolla en 1815, las cosas no parecen haber cambiado en absoluto, ya no es
Javert, un obstinado oficial con un regio sentido de la justicia, sino toda la
opinión pública la que se encarga de perseguir a los EXconvictos, la justicia ha
procurado que a todos estos Jean Valjean se les proteja la identidad para
evitar dicha persecución, y en otros países, como es el caso de Reino Unido, se
les asignan prohibiciones específicas para que, al reintegrarse, no tengan ni
siquiera la posibilidad de volver a delinquir, si abusaron de menores no pueden
volver a trabajar con ellos, algunos no pueden volver a manejar dineros
públicos; pero en general se busca que no sean molestados, siempre y cuando no
vuelvan a delinquir.
Todo lo anterior nos lleva a un gran problema y es que en
casos tan sonados como los ya mencionado no basta ninguna protección judicial,
todo el mundo los conoce, y tanto los medios como los líderes de opinión se
deleitan atacándolos; basta ver a Noticias Uno, tratando de “convicto” y
“sicario” a Popeye, a Roy Barreras, criticando el apoyo de Popeye a la marcha
del 1º de abril de 2017; yo no estoy de acuerdo con la filosofía de este
exsicario, yo siempre he considerado como un monstruo a Pablo Escobar, y como
una barbarie todo el accionar del Cartel de Medellín, destrozaron el país, y aterraron
a la ciudadanía de esta nación, pero uno no puede tolerar la injusticia ni
siquiera cuando le pasa a los malos; esos mismos líderes de opinión y medios
que ahora condenan y persiguen a un exdelincuente que pagó una condena de 22
años en prisión, bajo custodia de las instituciones del Estado, nos hablan
todos los días de perdón y “olvido”, nos meten propaganda de reconciliación y
nos dicen que exigir Justicia es lo mismo que querer venganza.
No me da gusto defender a Popeye, ni al montón de
paramilitares que ya salieron de prisión, ni a los pocos narcotraficantes (como
los hermanos Ochoa) que han cumplido condena y tienen derecho, igual que los
otros de este montón, a no ser molestados y a que se respeten sus derecho
civiles, pero la verdad es que esos, que son los auténticos miserables de
Colombia tienen más dignidad que cualquiera de los cabecillas de las FARC que
van a recibir representación política, mientras todos esos delincuentes,
justamente, no pueden ser candidatos a cargos de elección popular; mientras los
terroristas de las FARC no se someterán a nuestras instituciones de justicia,
esos delincuentes sí lo hicieron; mientras los terroristas de las FARC no
tendrán penas de prisión con custodia del INPEC esos delincuentes sí; y sobre
todo en el caso de Popeye que vergonzosamente se ve perseguido hoy en día, él
puede como cualquier expresidiario decir “me equivoqué, me arrepiento, pero ya
pagué por ello”, los cabecillas de las FARC al final no tendrán esa dignidad,
Popeye pagó 22 años de cárcel, que es poco para todo lo que hizo, pero bien
sabemos todos que las FARC jamás aceptarían pasar unos 20 años en prisión,
Popeye ayudó a esclarecer múltiples crímenes, algo que está en veremos con las
FARC, Popeye seguía órdenes, los “comandantes de las FARC” las daban, igual que
Pablo Escobar para quemar y desangrar el país, y por último Popeye ha intentado
ayudar en programas de desarme de pandillas, con el poco éxito que produjo su
pésima imagen, basta ver el reportaje de Vanguardia Liberal que muestra cómo se
dio esa situación en Bucaramanga. Popeye ha pedido perdón en múltiples
ocasiones y a pesar de las dudas que se tenga al respecto, no tuvo que tener
una comitiva internacional para mostrar algo de arrepentimiento. Hoy en el país
se habla mucho de perdón y reconciliación y yo estoy dispuesto a perdonar, pero
después de que haya justicia real, así esta sea imperfecta, y esto exige de
nosotros aceptar a estos delincuentes que tras retirarse de la ilegalidad y
tras pasar media vida en prisión se han ganado su derecho a empezar de nuevo.
Popeye es hoy en día
es el gran miserable de Colombia, pero se ha ganado el derecho a que se le
reconozca más dignidad que a cualquiera de los jefes terroristas de las
FARC.
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